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sábado, 2 de enero de 2021

Texto histórico para comentar en Historia de España. 2º de Bachillerato: Abdicación de Juan Carlos I

 JUAN CARLOS I


REY DE ESPAÑA


A todos los que la presente vieren y entendieren,

Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica.


PREÁMBULO

El 2 de junio de 2014, Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I comunicó al Sr. Presidente del Gobierno su voluntad de abdicar mediante entrega de un escrito, firmado en su presencia, con el siguiente tenor literal:

«En mi proclamación como Rey, hace ya cerca de cuatro décadas, asumí el firme compromiso de servir a los intereses generales de España, con el afán de que llegaran a ser los ciudadanos los protagonistas de su propio destino y nuestra Nación una democracia moderna, plenamente integrada en Europa.

Me propuse encabezar entonces la ilusionante tarea nacional que permitió a los ciudadanos elegir a sus legítimos representantes y llevar a cabo esa gran y positiva transformación de España que tanto necesitábamos.

Hoy, cuando vuelvo atrás la mirada, no puedo sino sentir orgullo y gratitud hacia el pueblo español.

Orgullo, por lo mucho y bueno que entre todos hemos conseguido en estos años.

Y gratitud, por el apoyo que me han dado los españoles para hacer de mi reinado, iniciado en plena juventud y en momentos de grandes incertidumbres y dificultades, un largo periodo de paz, libertad, estabilidad y progreso.

Fiel al anhelo político de mi padre, el Conde de Barcelona, de quien heredé el legado histórico de la monarquía española, he querido ser Rey de todos los españoles. Me he sentido identificado y comprometido con sus aspiraciones, he gozado con sus éxitos y he sufrido cuando el dolor o la frustración les han embargado.

La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social pero también nos está señalando un camino de futuro de grandes esperanzas.

Estos difíciles años nos han permitido hacer un balance autocrítico de nuestros errores y de nuestras limitaciones como sociedad.

Y, como contrapeso, también han reavivado la conciencia orgullosa de lo que hemos sabido y sabemos hacer y de lo que hemos sido y somos: una gran nación.

Todo ello ha despertado en nosotros un impulso de renovación, de superación, de corregir errores y abrir camino a un futuro decididamente mejor.

En la forja de ese futuro, una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, el mismo que correspondió en una coyuntura crucial de nuestra historia a la generación a la que yo pertenezco.

Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana.

Mi única ambición ha sido y seguirá siendo siempre contribuir a lograr el bienestar y el progreso en libertad de todos los españoles.

Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo.

Mi hijo, Felipe, heredero de la Corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica.

Cuando el pasado enero cumplí setenta y seis años consideré llegado el momento de preparar en unos meses el relevo para dejar paso a quien se encuentra en inmejorables condiciones de asegurar esa estabilidad.

El Príncipe de Asturias tiene la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesarios para asumir con plenas garantías la Jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación. Contará para ello, estoy seguro, con el apoyo que siempre tendrá de la Princesa Letizia.

Por todo ello, guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles y una vez recuperado tanto físicamente como en mi actividad institucional, he decidido poner fin a mi reinado y abdicar la Corona de España, deponiendo en manos del Gobierno y de las Cortes Generales mi magistratura y autoridad para que provean a la efectividad de la sucesión en la Corona conforme a las previsiones constitucionales.

Deseo expresar mi gratitud al pueblo español, a todas las personas que han encarnado los poderes y las instituciones del Estado durante mi reinado y a cuantos me han ayudado con generosidad y lealtad a cumplir mis funciones.

Y mi gratitud a la Reina, cuya colaboración y generoso apoyo no me han faltado nunca.

Guardo y guardaré siempre a España en lo más hondo de mi corazón.»

Su Majestad el Rey lo puso en conocimiento de los Presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado y el Presidente del Gobierno dio traslado del escrito al Consejo de Ministros.

El artículo 57.5 de la Constitución Española dispone que «las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica». Este precepto sigue los precedentes históricos del constitucionalismo español, que en los textos fundamentales de 1845, 1869 y 1876 y, con variaciones, en otros precedentes, ya reservaban al poder legislativo la solución de las cuestiones a que diera lugar la sucesión así como la autorización de la abdicación, incluso mediante una ley especial para cada caso. Si bien la Constitución en vigor no utiliza este último término, los citados antecedentes y el mandato del artículo 57 de que el acto regio sea resuelto por una ley orgánica hacen que sea éste el instrumento legal idóneo para regular la efectividad de la decisión.

La entrada en vigor de la presente ley orgánica determinará, en consecuencia, que la abdicación despliegue sus efectos y que se produzca la sucesión en la Corona de España de forma automática, siguiendo el orden previsto en la Constitución.

Artículo único. Abdicación de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I de Borbón.

1. Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I de Borbón abdica la Corona de España.

2. La abdicación será efectiva en el momento de entrada en vigor de la presente ley orgánica.

Disposición final única. Entrada en vigor.

La presente ley orgánica entrará en vigor en el momento de su publicación en el «Boletín Oficial del Estado».

Por tanto,

Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley orgánica.

Madrid, 18 de junio de 2014.


JUAN CARLOS R.
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El Presidente del Gobierno,
MARIANO RAJOY BREY

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Capítulos:

El Barroco

1. 1614. Roma, Estados pontificios.

Fin del Antiguo Régimen. Preludio a la Revolución Francesa.

1. 1760. Paris, Francia.

La Revolución industrial.

2. 1822 Shildon, Condado de Durham, Inglaterra.

Las revoluciones liberales. El nacionalismo.

3. 13 de marzo de 1848. Berlín, Prusia.

El Imperialismo.

4. 1914 Magadi, Kenia.

Revolución Rusa-I Guerra Mundial-Marxismo y Anarquismo.

5. 25 de octubre (juliano)-7 de noviembre (gregoriano). Petrogrado-San Petersburgo, Rusia.

I Guerra Mundial.

6. 11 de noviembre 1918 Bathelémont, Francia.

Crack del 29 y la Gran Depresión. 80

7. 24 de octubre de 1929. Jueves. Nueva York, EEUU.

Guerra Civil Española.

8. 15 de julio de 1936. Norte de Huesca, España.

Segunda Guerra Mundial.

9. 14 de mayo de 1940. Róterdam, Países Bajos.

Nacimiento de la Unión Europea.

10. 25 de marzo de 1957. Roma, Italia.

Guerra fría. La separación del mundo en bloque capitalista y bloque comunista.

11. 12 de agosto de 1961. Berlín, Alemania.

Derrumbe del bloque soviético. Unificación de Alemania.

12. 9 de noviembre de 1989. Berlín, Alemania. 

La pandemia de la COVID-19

13. 24 de diciembre de 2021. Madrid, España.

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Aquí tenéis un relato completo

El Barroco.

1. 1614. Roma, Estados pontificios. 

Gian Lorenzo miraba el gran bloque de mármol y sintió que le temblaban las manos. A su lado estaba su padre, mirándolo de reojo, con una mezcla de envidia y orgullo. Al padre le hubiera gustado que le hicieran a él el encargo de la escultura, pero el cardenal florentino Maffeo Barberini se había fijado en Gian Lorenzo. El cardenal Barberini no era un cualquiera, todos decían que llegaría a Papa.

—¿Y bien? —Preguntó el padre. —¿Sabes ya como quieres hacerlo?

—Sí, lo tengo muy claro. —Contestó Gian Lorenzo.

En realidad, no lo tenía tan claro, solo había respondido eso para aparentar seguridad.

El encargo del cardenal era muy importante, quería una escultura de San Lorenzo y quería que fuera algo innovador y sin embargo había apostado por un adolescente. Gian Lorenzo también quería hacer algo diferente por lo que tenía que elegir bien qué representar. La vida de San Lorenzo tenía varios momentos notables, como cuando el corrupto alcalde de Roma le encargó que le entregara todos los bienes de la Iglesia, y el santo los gastó entre los pobres y se presentó ante el alcalde con una multitud de mendigos y le dijo “Estos son los bienes de la Iglesia”. Desde luego San Lorenzo tenía sentido del humor, pero al alcalde no le hizo gracia y mandó ejecutarlo quemándolo vivo en una parrilla. Ni aun así el santo perdió su humor, pues cuando ya estaba medio muerto gritó a sus captores “Dadme la vuelta que este lado ya está hecho”. Gian Lorenzo rio ante la ocurrencia. El momento de la parrilla era uno de los que más se usaba para representar a San Lorenzo y por eso mismo lo quiso desechar, pero se dio cuenta de que no podía, era algo tan bueno que tenía que esculpirlo en piedra, pero lo haría como nadie antes lo había hecho.

—¿Y cómo será? —Volvió a preguntar Pietro, el padre de Gian Lorenzo.

—Será espectacular, te lo aseguro padre. Será una escultura como nunca se ha visto otra.

El padre puso la mano en el hombro de su hijo. El cariño de padre podía más que la envidia. Ahora solo le preocupaba que el joven de pelo y ojos oscuros estuviera a la altura de lo que se le pedía y de quien se lo pedía. La fortuna no solía llamar dos veces a la casa de los pobres. Tenía que triunfar o no le volverían a encargar nada importante.

—Te dejo solo, tienes mucho trabajo —Le dijo Pietro.

Tras la marcha de su padre sin embargo el joven no se sintió solo del todo. Sentía que su San Lorenzo estaba con él, en alguna parte de aquella piedra y que le gritaba que le hiciera salir. Por un momento incluso dudó de si esos gritos eran reales y no solo producto de su imaginación.

Se acercó a la piedra y la acarició, estaba fría y áspera. Él le daría vida.

En una esquina del estudio había una vieja mesa de madera con unas hojas de papel esparcidas. Se sentó a la mesa, cogió un carboncillo y a la luz de del sol que entraba por la ventana empezó a dibujar.

Pasaron horas y horas y el joven Gian Lorenzo dibujaba una y otra vez un San Lorenzo distinto. Lo imaginó con barba y sin barba, sonriendo como un bromista o llorando como una víctima, plácido como un durmiente o torturado como un pecador. Nada le servía, todos sus diseños le parecían inanimados, como simples muñecos.

—¡No! ¡No! y ¡No! —Gritaba cada vez que tiraba un dibujo al suelo.

Encendió unas malolientes velas de sebo, para combatir la oscuridad y entre el tenue humo que despedían, siguió dibujando.

Cada vez se sentía menos seguro de ser capaz del encargo.

Las velas se consumieron y quedó a oscuras. A tientas, salió del estudio para entrar en una minúscula habituación dónde había dispuesto una pequeña cama con mantas ásperas. Ese sería su único lugar de descanso. No quería comodidades ni nada que lo distrajera.

Pasaron seis días y un criado anunció una visita. Gian Lorenzo ordenó que no le dejara entrar, pero el criado no se atrevió a cumplir su orden y en el estudio, mientras el joven escultor tiraba otro papel arrugado al suelo, entró una figura alta vestida como un comerciante romano cualquiera. Sin embargo, Gian Lorenzo reconoció enseguida al hombre de barba blanca y ojos inteligentes y ambiciosos; se trataba del cardenal Barberini en persona que se presentaba de incognito.

—¿Cómo va mi San Lorenzo? —Dijo el cardenal nada más entrar en el estudio.

El joven escultor hizo una reverencia y se dio cuenta de que no se había cambiado de ropa en una semana. El cardenal también se dio cuenta y sin disimulo se llevó un pañuelo perfumado a la boca.

—Va muy bien, su Eminencia Reverendísima. Estoy trabajando en los bocetos.

—¡Enséñamelos!

Gian Lorenzo tragó saliva. Su último diseño estaba tirado en suelo.

—Pues bien, mi….

—¿No tienes nada?

El joven escultor necesitaba ganar tiempo.

—Se lo que quiero y se lo que no quiero. —Respondió.

—¿Y qué quieres?

Gian Lorenzo tragó saliva.

—Quiero un San Lorenzo vivo.

¿—Qué quieres decir con eso? —Preguntó intrigado el cardenal sin quitarse el pañuelo de la nariz.

Al joven escultor le brotaron entonces las palabras como un torrente:

—Pues… quiero un San Lorenzo que sienta y solo las cosas vivas sienten. Las esculturas clásicas romanas y griegas son bonitas, magníficas, me han inspirado siempre, pero… están muertas. Son fríos trozos de mármol perfecto y representan dioses que no sienten y por ello no hacen sentir. Yo quiero crear un San Lorenzo que se retuerza en el fuego, que muestre en su rostro el sufrimiento del martirio, que los fieles al mirarlo sientan el olor de su carne al quemarse y lloren por su dolor. No quiero que digan ¡qué bonita estatua!, quiero que les conmueva.

En ese mismo instante, mientras decía esas palabras, a Gian Lorenzo se le presentó el diseño definitivo de su estatua. Era como si hubiera estado toda la vida delante suya y hubiera estado ciego para verla.

El cardenal Barberini bajó por un momento el pañuelo perfumado y miró profundamente a los ojos de Gian Lorenzo. Había elegido al joven napolitano porque había visto su trabajo como ayudante de su padre y su destreza con el mármol era notable, pero no esperaba nada más que una buena y bonita escultura. Lo que veía en sus ojos sin embargo era algo diferente a lo que ofrecía un artesano. El chico le hablaba justo del tipo de cosas que la Iglesia católica estaba buscando para combatir el envite de la Reforma protestante.

—¿De verdad te crees que puedes cambiar el arte? — Preguntó el cardenal de forma cauta.

La respuesta del muchacho fue rotunda.

—¡Sí!

El cardenal dio un vistazo al estudio de Gian Lorenzo. El gran bloque de mármol blanco seguía en el centro. Si la piedra hubiera tenido cara estaba seguro de que le estaría sonriendo de forma burlona.

—De acuerdo. — Dijo finalmente el cardenal. —Sigue con tu trabajo, pero espero que cuando vuelva tengas ya algo que me guste.

—No le fallaré, su Eminencia Reverendísima.

Cuando el cardenal disfrazado de comerciante salió de la casa, Gian Lorenzo corrió hacia la mesa y agarró el último trozo de papel que le quedaba. Con rápidos trazos dibujó la figura que le había venido a la mente.

El joven escultor miró a la ventana, aún quedaba luz del día para comenzar y sus fuertes manos le pedían golpear la piedra. Marcó los puntos principales de la figura en el mármol y sin querer esperar ni un segundo, con un martillo de madera y un afilado cincel de hierro, empezó a golpear.

Su vida había cambiado definitivamente.

Gian Lorenzo se encerró en sí mismo. Vivía, dormía y comía en el estudio. Siempre había sido jovial y no le importaba recibir visitas de amigos, pero no les dejaba ver su obra. Ni a ellos, ni a nadie. Cuando necesitara ayudantes para ir más rápido con los detalles ya los llamaría, pero de momento quería estar a solas con su San Lorenzo. Su propio padre se preocupó por la salud de su hijo, pero este le tranquilizaba con sus palabras.

—Nunca he estado más fuerte y nunca he estado más vivo. —Le decía.

La escultura avanzaba con cada golpe y cada esquirla de piedra que saltaba y que hería la cara del escultor. Tardó meses de actividad frenética y sus manos se cubrieron de callos, pero avanzaba. Sentía que San Lorenzo le llamaba desde dentro de la piedra y le pedía que lo sacara, que le ayudara a nacer para ver la luz del día.

El cardenal Barberini, para su sorpresa, no volvió a aparecer. Parecía que le había olvidado. Quizá la vida de un cardenal en Roma estaba demasiado ocupada para preocuparse de un joven escultor y su obra. Al fin de cuentas, Gian Lorenzo solo era un escultor más de la multitud que había en ese momento trabajando en la ciudad eterna.

Cuando Gian Lorenzo rebajó la piedra hasta llegar a la profundidad en la que debía estar la figura, casi se desmaya. Ante sí ya estaba San Lorenzo, aunque mudo. Tenía que darle los detalles de la expresión y lijar el mármol hasta que tuviera la textura de la carne. Solo en ese momento contrató a ayudantes para la tediosa tarea de lijar mientras el hacía los detalles de las expresiones del rostro y del cuerpo. Ese era el momento crucial, el momento en el que el mármol pasaría de ser una piedra a una obra de arte o se convertiría en un muñeco grotesco.

El muchacho sudó con cada línea de expresión, con cada arruga, con cada herida de San Lorenzo. En ese momento sintió miedo y sus manos volvieron a temblar. ¿Y si no conseguía esculpir lo que veía cuando cerraba los ojos? ¿Y si al final no era tan buen escultor como se creía? Fallaría al cardenal, fallaría a su padre y se fallaría a sí mismo. Ante él iba naciendo su San Lorenzo, golpe a golpe, día a día y a cada instante se sentía más inseguro. ¿De verdad era capaz de mostrar el rostro de alguien que está muriendo abrasado?

— Necesito un espejo. - Se dijo a sí mismo en voz alta.

Gian Lorenzo se lanzó a su habitación y cogió el pequeño espejo que usaba para peinarse cada mañana. Lo puso al lado de la mesa con los bocetos, se quitó la camisa y cogió una vela encendida.

—¡Por el arte!

Acercó el fuego de la vela hasta su brazo izquierdo y al instante el dolor golpeó su cerebro como un martillo. Su cara se deformó en un grito y vio reflejado en el espejo lo que quería reflejar. Apartó el fuego de su cuerpo y jadeando de dolor dibujó la expresión de sufrimiento que había captado en su rostro. Ahora sí sabía cuál fue la expresión de San Lorenzo durante el martirio.

Los últimos detalles de la escultura los realizó en secreto. Ni siquiera permitió a sus ayudantes que vieran finalizar su obra.

El día convenido, su padre y el cardenal Maffeo Barberini acudieron a la presentación de la obra en el taller del escultor. Gian Lorenzo se aseguró de darse un buen baño y vestir sus mejores ropas. El cardenal no desmereció y acudió rodeado de criados y con su traje y su capelo rojo, símbolos de su dignidad y poder. No importaba si se era católico o no, el cardenal Barberini impresionaba y el futuro del joven escultor estaba en sus manos. Todos los que los que había acudido, lo sabían.

Cuando los visitantes rodearon el bloque de mármol cubierto con una áspera lona gris, el joven escultor, poco más que un niño, de un suave tirón, quitó la tela y reveló la escultura.

La sala quedó en silencio. Nadie había visto nunca algo parecido.

Ante ellos, San Lorenzo aparecía tendido sobre una parrilla y las lenguas de fuego le mordían la carne sin misericordia. Su rostro, con un rictus de dolor, se volvía al cielo y en sus labios casi se podía ver como murmuraban una oración pidiéndole a Dios que protegiera a la ciudad y al pueblo de Roma de las injusticias y el pecado.

Uno de los criados del cardenal comenzó a llorar y se arrodilló para rezar y el resto le siguieron. El cardenal Barberini sonrió.

 —Esta obra es magnífica, propia de un maestro. — Dijo el cardenal.

Pietro, el padre de Gian Lorenzo, estaba henchido de orgullo.

—¿Estás contento de tu obra, hijo? —Preguntó el viejo escultor.

—Sí padre, pero aun así…

—¿Aun así? —Preguntó Barberini que estaba siempre atento.

—Aun así, este solo es un comienzo. Todavía lo puedo hacer menor.

El cardenal sonrió.

—Sí, estoy seguro de que lo harás aún mejor. Serás inmortal y cambiarás la historia del arte, Gian Lorenzo Bernini.

Castillo. F.; Historia en cuentos 2. Del Barroco a la Actualidad. pp 8-17.

Libro primero:





 

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